El Festival de Segovia y la Escritura Consciente. Por: Amando Carabias

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La pregunta clave la hizo un joven. Estábamos a punto de concluir el último de los actos programados para esta edición, la cuarta, del Hay Festival de Segovia que tuvo lugar, como es sabido, durante el último fin de semana del pasado mes de septiembre.

Frente al público asistente a la charla que se celebraba en el salón de actos del Museo Esteban Vicente de la ciudad, había cuatro escritores jóvenes (una mujer y tres hombres) y una periodista. El título que habían dado al encuentro era el de “La Ñ inspiradora” y trataban, nada menos, que sobre la importancia que había tenido para ellos el idioma en su proceso como escritores.

Pero fue la pregunta formulada por el joven (intuí que argentino), que no estaba en el guión, respondida por los cuatro (creo que con sinceridad) la que dio verdadero sentido a todo lo que habían hablado previamente. ( Amando Carabias)

 

 

El Festival de Segovia y la Escritura Consciente. Por: Amando Carabias.

anaisabelconejo

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Los escritores eran Ana Isabel Conejo, Alberto Olmos, Vicente Álvarez, y Eduardo Fraile. Los cuatro jóvenes (relativamente jóvenes, al menos), los cuatro publicados y los cuatro con premios a sus espaldas, algunos premios sonoros, casi de campanillas. Sólo citaré un galardón por individuo, por no abusar, y en el mismo orden citado: Accésit del Adonais de poesía, finalista del Anagrama, , ganador del Destino Guión, y finalista en el Gil de Biedma de poesía, respectivamente, y entre otros…

Habían hablado sobre diferentes cuestiones, sobre nuevas posibilidades, sobre los problemas actuales de la escritura, sobre aspectos generacionales (si los había), y sobre muchas otras cuestiones, todas ellas interesantísimas, qué duda cabe, y de capital importancia para quien escribe, e incluso para quien lee, puesto que el lector es, de algún modo, el destinatario de las conclusiones a las que llegan los escritores.

La pregunta produjo un silencio de expectativa entre el público y entre los cuatro escritores. La pregunta era muy sencilla, se ha repetido muchas veces, pero a veces se olvida con excesiva frecuencia: “¿Cuándo supieron eran escritores?”.

No preguntó mi joven vecino de atrás por cuándo empezaron a escribir, sino cuándo supieron que eran escritores.

 

vicenteAlvarez

eduardofraile

Las respuestas fueron todas diferentes, como las letras y los versos de los cuatro escritores. Pero en los cuatro casos hubo un punto en común. Esa vocación se manifestó siempre de modo muy temprano. Y los cuatro matizaron muy bien, no es que empezaran a escribir a muy temprana edad (que también) sino que, además de empezar a escribir, sabían que no podían ser otra cosa en este mundo. Que por mucho que en sus vidas civiles fueran periodistas, editores, profesores…, ellos no podían dejar de ser otra cosa que escritores. Su corazón sabía con total certeza que era el latido de un escritor. Y este descubrimiento, esta plena certeza supeditó sus decisiones juveniles, ésas que se toman pensando que quizá sean modificables, pero que en verdad son las más definitivas, y las más complicadas de variar.

Cada vez que escucho o leo las líneas generales de la vida de cualquier escritor descubro que desde muy temprana edad supieran que querían ser escritores, que quizá sea el primer modo de ser. Cuando uno desea ser algo, generalmente ha empezado a serlo. Otra cosa bien distinta (y que aclaro para evitar confusiones) es que haya publicado desde temprana edad, incluso si ha llegado a publicar… Más aún, se podría decir que ser escritor y no haber publicado nunca nada (con independencia de repercusiones y número de ejemplares de las ediciones) tiene más valor que vivir de la propia escritura, puesto que la verdadera tarea del escritor es la de escribir, no la de publicar. ¿Por qué algunas veces  se olvida lo esencial?

Saber que uno es escritor, con independencia de su calidad, del género literario que cultive, de su sexo, de su estado civil, de su forma física, de su salud general, del modo con que se gane el dinero en esta vida, es saber que uno existe de una manera muy especial.

Y no, no es que los escritores formen parte de una orden religiosa o una cofradía laica (dios nos libre) que les obligue a unas determinadas reglas de vida, más o menos similares a las de un monasterio. No, en absoluto, en eso cada escritor es un mundo. Ser escritor, incluso tener clara conciencia de que uno es escritor, en realidad afecta a un modo de ser. La lengua o la pluma de cada uno lo expresará del personalísimo modo que sea capaz, pero en el escritor se aúna exacerbadamente algo que quizá no sea muy habitual. Ser escritor obliga, como tantos han repetido tantas veces, a ser un solitario solidario. Sólo en la soledad se puede crear obra literaria; pero sin ejercer una profunda mirada sobre el mundo (ya sea ésta puñalada, ya sea caricia), es imposible hacer literatura.

Tampoco hablo de compromisos específicos, ni siquiera hablo de ideologías, ni de posturas teóricas sobre tal o cual tema.

Es algo más sencillo.

Aunque, por ejemplo, un escritor narre la biografía de un bolardo, hablará del ser humano (o de los seres humanos) que han tenido que ver con ese bolardo o de la última rodilla que se golpeó contra ese maldito bolardo.