El Árbol y mi Vecina. Por : Carmen Amaralis Vega.

 

 

Mi primera reacción fue la de llorar, luego de maldecirle la puta madre que la parió, unos segundos después justificarla, y finalmente, durante toda esa noche, repetirme desvelada la misma pregunta que me hago ahora.

-¿Por qué alguna gente no puede tener amor en su corazón?

La policía estatal llegó esa tarde a mi hogar con una citación. Mi vecina pedía a los tribunales que me obligaran a cortar un hermoso árbol que sembró mi padre hace más de cuarenta años muy cerca de la colindancia entre su casa y la nuestra. La fuerza de sus raíces comenzaba a levantar la cerca entre las casas.

 ( Carmen Amaralis Vega)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Árbol y mi Vecina. Por :  Carmen Amaralis Vega.

 

 

 

Nunca pensé que aquella criaturita orgánica de a penas medio metro un día llegaría a ser tan hermosamente robusto y grande. El árbol se ofreció generoso con toda su frondosa copa, regalando su oxígeno, y dos veces al año se vestía de orquídeas silvestres, engalanando mi patio de un aroma dulcemente exquisito. Mi mayor delicia consistía en desayunar mirándolo, disfrutando de su aroma, y viendo jugar y trinar a los pajaritos que vivían en su copa.

Me pregunto por qué mi vecina no deseaba hacer lo mismo, disfrutar la vida y el regalo que día a día el árbol le brindaba. ¿Qué cosas tendría en su mente para solamente quejarse de las hojas que soltaba en el otoño, de los ruidos de los pajaritos cuando se hacían el cortejo, del musgo que crecía en su suelo, por la sombra que producían sus ramas?

¿Qué clases de ojos tiene esa señora para nunca ver la deslumbrante sombrilla violeta en la primavera, la mullida alfombra anaranjada dibujada en un colage de variadas siluetas bajo sus pies y el maravilloso claroscuro de rayos de luz que se colaba entre sus ramas?

No entiendo, nunca lo podré entender. Y ahora tengo que mirar un espacio vacío, desprovisto de colores, aromas, sonidos melodiosos.

Y lo peor de todo es que debo luchar con un sentimiento de rabia contenida, y  perdonar a mi vecina por el dolor que me acusó cuando vi a mi amado árbol destrozado en pedazos, muriendo, desangrándose lentamente a mis pies.

Viene la Navidad y me debato entre el perdón o el rencor. Una voz vegetal de ultratumba me suplica que perdone.

A lo lejos una brisa suave y fresca murmura:

– Paz en la tierra a los hombres que aman la vegetación.