Mujeres Escritoras:Flannery O´Connor. Por : José Julio Perlado.

“Mi novela, como todo lo que escribo –decía la norteamericana Flannery O Connor – no obedece a un plan, y debo escribir para descubrir lo que estoy haciendo. Como la vieja dama del cuento, no sé bien lo que pienso hasta que no lo tengo escrito delante de mis ojos”.

 

Nacida el 25 de marzo de 1925 en Savannah, Georgia, en la zona del Sur de los Estados Unidos, Flannery O Connor vivió casi toda su corta existencia en este entorno del Sur. La enfermedad degenerativa que se llevaría a su padre cuando la escritora tenía dieciséis años también acabaría con ella el 3 de agosto de 1964, cuando cumplió los 39 años de edad.

( José Julio Perlado ).

 

 

 

 

 

Mujeres Escritoras : Flannery   O ´Connor.  Por:  José Julio Perlado.

 Excepcional novelista, mujer plena de valores, cuando falleció la brillante escritora el gran poeta y monje trapense Thomas Merton, autor de “La montaña de los siete círculos” dijo de ella: “La palabra clave de los libros de Flannery es probablemente la palabra “respeto”. Sus libros se han nutrido siguiendo las variaciones de una palabra que se ha hecho burguesa, después embarazosa, después obsesiva hasta morir finalmente de desprecio. Pero la palabra seguía llamándose “respeto”. Desprecio al niño, al extranjero, a la mujer, al negro, al animal, al blanco, al granjero, al campo, al predicador, a la ciudad, al mundo, a la realidad misma. Desprecio, desprecio, hasta el punto de que, al final, los gestos de respeto que se dedicaban a sí mismos, a otro y a Dios, se han convertido en increíble y desesperadamente obscenos. Pero había que conservar el respeto. Flannery lo conservó con una ironía inflexible, con una especie de pasión inocente”.

Los elogios sobre ella se multiplicaron. Sus narraciones – “Sangre sabia” (Cátedra), “Los profetas” (Lumen), “Un hombre bueno es difícil de encontrar” (Lumen), “Las dulzuras del hogar” (Lumen), sus excelentes ensayos “Misterio y maneras” (Encuentro) y “El negro artificial y otros relatos” (Encuentro),  – se oyen, ven, gustan y hasta huelen. “La ficción –decía la escritora – trata de lo humano, y estamos hechos de polvo. Si se desprecia el cubrirse de polvo, entonces no se debe intentar escribir ficción. No es un trabajo lo suficientemente importante. Cuando el escritor de ficción se mete esta idea en la cabeza, y adquiere estos hábitos, se empieza a dar cuenta de qué duro es escribir ficción. Una escritora a la que yo admiro mucho me dijo en  una carta que había aprendido de Flaubert que hacen falta por lo menos tres percepciones sensitivas para hacer un objeto real, y cree que esto está relacionado con que tenemos cinco sentidos. Si se está privado de alguno de ellos se tienen disminuidas las facultades, pero si se está privado de más de dos al mismo tiempo casi no se está presente”.

Cuando Flannery O Connor nota los primeros síntomas de su enfermedad – el diagnóstico del lupus – se traslada a Milledgeville, de donde ya no vuelve a salir sino por brevísimos períodos. En 1955 publica su primer libro “Un hombre bueno es difícil de encontrar” y años más tarde, ya inválida, reunirá sus cuentos hasta ir escribiendo su relato “Revelación” poco tiempo antes de morir a razón de cinco líneas por día.

 

 

 

  

 

La personalidad humana, el poder de sugestión de los detalles de los objetos, el “aprender a ver” el mundo y trasladarlo minuciosamente para que el lector “”aprenda a ver” a su vez todos los elementos simbólicos que puede encerrar la realidad, son dotes esenciales de esta novelista que siempre defendió que el “narrador debe “mostrar” a través de las acciones y nunca “declarar”. “Un cuento – decía O Connor – es el relato de una acción dramática completa” y todas las acciones del cuento remiten a un mismo significado”. En su epistolario – “El hábito de ser” (Sígueme) -, aparecen de modo especial una joven lectora y también escritora (A, por su expreso deseo de permanecer en el anonimato) y Janet McKane, otra lectora, joven maestra de primaria en Nueva York, que sería buena amiga de Flannery, hasta el punto de acompañarla en el último tramo de su enfermedad. Precisamente a su amiga A, que intenta abrirse camino como escritora y le pide consejo sobre la relación entre la fe y la literatura, Flannery contesta: “Yo también creo que solo existe una Realidad, y que es la definitiva, pero la expresión “realismo cristiano” me resulta necesaria, aunque sólo sea de forma académica, porque me encuentro en un mundo donde cada uno tiene su puesto, te colocan en el tuyo, te encierran y se van. Algo terrible para el escritor cristiano es que para él la realidad definitiva es la encarnación y nadie cree en ella; es decir, ninguno de tus lectores. Mis lectores son la gente que cree que Dios está muerto. Al menos ésa es la gente para la que soy consciente que escribo.

Respecto a que Jesús es un realista, si Él no fuese Dios, no sería un realista, solo un mentiroso, y la crucifixión un acto justo”.