Lhasa de Sela: la voz de la nostalgia. Por : Alfredo Rodríguez

Los amantes de la voz profundamente humana de esta cantante canadiense, de vida particularmente nómada, se quedaron absolutamente huérfanos el pasado 1 de enero, cuando se conoció la noticia de su muerte. Un cáncer de mama tuvo la culpa de llevarse por delante a una mujer de 37 años a la que sólo le ha dado tiempo a dejarnos tres discos, eso sí, a cada cual más hermoso.

 

 ( Alfredo Rodríguez)

 

 

 

 

 

 

 

 

Lhasa de Sela: la voz de la nostalgia. Por : Alfredo Rodríguez.

 

 

 

 

Para entender su música, tal vez sea preciso conocer alguna cosa de su peculiar vida. En sus conciertos solía contar la historia de su abuelo, un libanés que dejó ese país escondido en un barco con rumbo a Marsella, al parecer por una mala relación  con su padre. Lhasa, nombre que le puso su madre después de leer el Libro tibetano de la vida y la muerte, creció en una familia de padre escritor mexicano y madre, fotógrafa judía estadounidense, y vio la luz en Big Indian, un pueblo no muy alejado del mítico Woodstock.

A bordo de un autobús escolar convertido en la particular caravana familiar, Lhasa, sus padres, otras tres hermanas, tres gatos, un loro, dos tortugas y un perro, recorrerán de forma incansable las carreteras de los Estados Unidos y de México, hasta asentarse, relativamente, en Montreal (Canadá).

En ese autobús, la familia viaja rodeada de libros y de música; allí se escucha a Chavela Vargas, Violeta Parra, Amalia Rodrigues, María Callas, entre otras grandes voces, y todo eso formará parte del particular crisol  musical de Lhasa de Sela cuando inicie su carrera musical. Antes de eso, con 13 años, empieza a cantar en un bar griego de la ciudad de San Francisco donde su voz empezó a despertar admiración entre los propietarios y la clientela del establecimiento.

 

La llegada a Montreal de la familia tuvo que ver con la entrada de sus tres hermanas en una escuela de circo, y ahí se producirá el encuentro clave con el  guitarrista y productor Yves Desrosiers, además de cantar en diferentes locales de la ciudad en los que iba desgranando la melancolía, la nostalgia de sus canciones ante un auditorio más interesado en la charla y la bebida que en la sublime voz de Lhasa.

Con Desrosiers sacará a la luz, en 1997, su primer disco La Llorona, un trabajo que tuvo un éxito inusitado para un disco cantado en español. Y es que Lhasa lo mismo cantaba en español, que en francés que en inglés, y cada canción era como una chispa que surgía en su mente y lo hacía en cualquiera de los tres idiomas, y luego le iba dando forma dentro de un conglomerado en el que lo mismo utiliza esquemas del country, de la música klezmer (la de los judíos de la Europa Oriental), la chanson francesa, el blues, las rancheras…

Nada de eso hubiera sido importante, si Lhasa no estuviera en disposición de dar a sus canciones ese aire intemporal, profundamente humano, de sentimiento muy profundo, con letras que te van empapando como esa lluvia fina que parece que no moja pero que, cuando uno se quiere dar cuenta, está empapado hasta los huesos. Ella dijo alguna vez que quería hacer música “fuerte y humana”, una fortaleza nacida de la sencillez, de la demostración de que una canción no necesita de arreglos extremadamente complicados para ser efectiva, sino más bien al contrario.

 

Durante la gira con el circo Pocheros, en el que estaban sus hermanas, en 2003 se afincará una temporada en Marsella para dar forma a los temas que se incluyeron en su segundo trabajo al que tituló The living road. Un disco, esta vez cantado en sus tres lenguas madre, en el que es posible vislumbrar el impacto de la luz del Mediterráneo, aunque la grabación final se hizo en Montreal.

Un puñado de canciones de esas que acarician la piel, que nos la ponen de gallina, y que tienen la fuerza para evocarnos momentos, situaciones ancladas en el recuerdo. Mejor que yo lo explica Marion Cassabalian cuando escribe que las canciones de Lhasa de Sela “logran tocar de forma extremadamente melancólica y nostálgica sin caer nunca en la tristeza, a pesar del pesimismo de algunas de sus letras. Sus músicas ponen la piel de gallina, como si fueran caricias; como si pudieran acompañar cualquier recuerdo, cualquier imagen bonita pero pasada, guardada escondida en el fondo del corazón.”

 

 

El año pasado esta cantante sacó a la luz su último disco, que tituló Lhasa, ya que consideraba que era su disco más personal hasta ese momento, un disco sacado directamente de su interior, y en el que se expresa como mejor sabía hacerlo. Disco cantado únicamente en inglés y en el que se pueden encontrar otro puñado de canciones en las que lo esencial es su voz, la sencillez, una vez más, y un acompañamiento musical realmente maravilloso, que le dan al conjunto un aire sublime.

La muerte nos ha dejado sin su voz y en el tintero un proyecto en el que pretendía versionar temas de Víctor Jara y de Violeta Parra. La nostalgia, su nostalgia, se ha quedado con todos nosotros.