Mujeres Escritoras : Katherine Mansfield. Por : José Julio Perlado

 

 

Nacida en 1888 en Nueva Zelanda y afincada en Inglaterra desde joven, Katherine Mansfield formó parte del llamado grupo de Bloomsbury cultivando de modo singular el cuento – un  conjunto de ellos lo tituló “El Garden Party” – y es la autora de un Diario muy celebrado, publicado cuatro años después de su muerte (murió en 1923, a los treinta y cuatro años) que, de alguna manera, ha sido comparado con el de Pavese, El oficio de vivir.

( José Julio Perlado )

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mujeres   Escritoras  :  Katherine  Mansfield. Por : José Julio Perlado.

“¿Y ahora en realidad qué es lo que quiero escribir’? – confesaba en su Diario Katherine Mansfield el 22  de enero de 1916 -. Me pregunto: ¿escribo ahora peor que antes? ¿Es menos urgente el ansia que siento de escribir? ¿Sigue siendo natural en mí el buscar esta forma de expresión? ¿Ha bastado la palabra para crearla? ¿Pido acaso algo más que no sea narrar, recordar, afirmarme?

Hay momentos en los que estos pensamientos me asustan algo y casi me convencen. Y me estoy diciendo a mí misma: Ahora has alcanzado en tu ser un punto tal de plenitud, tienes una tal sensación de existir, de vivir, de aspirar a un sentido más vasto de la vida, a un amor más profundo, que esta aspiración  te ha abandonado”.

Nacida en 1888 en Nueva Zelanda y afincada en Inglaterra desde joven, Katherine Mansfield formó parte del llamado grupo de Bloomsbury cultivando de modo singular el cuento – un  conjunto de ellos lo tituló El Garden Party – y es la autora de un Diario muy celebrado, publicado cuatro años después de su muerte (murió en 1923, a los treinta y cuatro años) que, de alguna manera, ha sido comparado con el de Pavese, El oficio de vivir.

 

 

 

 

“He cambiado la posición de mi mesa de escritorio – dice el 28 de diciembre de 1914 -, la he puesto en un rincón- Seguramente así escribiré con más facilidad. Sí; éste es un buen sitio para mi mesa, porque así no puedo mirar por la ventana. Estoy muy recogida. La lámpara está en una punta de la mesa y en la esquina. Su luz cae sobre la cortina indiana amarilla y verde, y sobre la tira de bordado rojo. El viento solitario apenas sopla. Me gusta cerrar los ojos y pensar un momento en los campos, fuera, blancos bajo la nieve y la luna – en los montones de piedra en el borde del camino, blanco – nieve en las cunetas. ¡Mon Dieu! Cuánta quietud y cuánta paciencia”.

 

 

 

Es un”Diario” sencillo y a la vez penetrante. John Middleton Murry, el marido de Katherine, comentó que la intención de la escritora era publicarlo como “una especie de carnet de apuntes” y que en sus manuscritos se notaban las huellas de tres tentativas diferentes para ejecutar el proyecto. “Era absolutamente generosa y absolutamente valiente – decía de ella su marido -; cuando se daba, sea a la vida, al amor o a la Verdad, se daba realmente. Era igualmente despiadada hacia su pasado. Aceptaba la vida en toda su belleza y en todo su dolor; la aceptaba totalmente y tenía el derecho de aceptarla así, pues había sufrido todo el sufrimiento que la existencia puede prodigar a un alma sola”.

 

 

 

 

La amistad entre Katherine  Mansfield y Virginia Woolf, que abarcó desde 1917 a 1923, fue estrictamente profesional. Katherine Mansfield fue para Virginia una igual. Cuando las dos se veían después de un largo período de ausencias, puesto que Katherine viajaba mucho, Virginia descubría que la aparente compostura, a veces dura, de Katherine era en gran parte una cobertura “y hablábamos – decía la autora de Las Olas – con tanta soltura como si ocho meses fueran unos minutos”. Katherine le comentaba a Virginia la soledad que había padecido en la Riviera italiana, adonde había ido el invierno anterior por causa de su tuberculosis y Virginia destacaba a su vez  los relatos de Katherine tan llenos de recuerdos, como por ejemplo, “Preludio” – “el único texto del que he tenido celos”, decía quien escribió Al Faro -, que evocaba muchas escenas de su infancia en Nueza Zelanda. “Una debería confundirse con las cosas”, le dijo un día Katherine a Virginia. “Eres la única mujer – le señaló en otro momento – con la que anhelo hablar de “trabajo”.

 

 

 

 

 

Hay “Diarios” interrumpidos por una muerte a una edad joven o madura – el de Maria Bashkirtseff, fallecida a los 23 años; el de Novalis, muerto a los 29; el de Byron, fallecido a los 36, o éste de Katherine Mansfield -, pero lo que entregan todos al lector es la síntesis de unos pensamientos, el perfume de unas secretas sensaciones. Los “Diarios” nunca esperan tener una gran tirada; tampoco suelen proporcionar al escritor ninguna rentabilidad financiera. A veces no están destinados a publicarse, o tan sólo a título póstumo. El “Diario” se entrega a los demás como única confesión del alma,  noble vertedero de situaciones personales, encuadre de objetos y decorados que nos acompañan, relato de cuantas variantes esconden pliegues de nuestro espíritu.

 

 

 

 

 

 

“Los geranios rojos han invadido mi jardín –dice Katherine en 1918 –Se han instalado aquí, han vuelto a su casa, han desempaquetado las hojas y las flores, las han colocado cada una en su sitio y están decididos a que ninguna fuerza terrestre las haga mover de aquí. Bueno, esto no importa. Pero, ¿por qué quieren que me dé cuenta que soy una extranjera? ¿Por qué me preguntan cada vez que me acerco : “¿qué haces en un jardín de Londres?”.

 

 

 

Esta mujer que hablaba con los geranios igual que hablaba con el dolor, igual que hablaba con la soledad de su escritura –en un tono suave, íntimo, velado -, era Katherine Mansfield, una gran escritora.