Un camino hacia la modernidad: el camino de Paul Gauguin. Por : Pilar Moreno Wallace

No hay nada que reconforte tanto en un día frío y gris de invierno como el de hoy que sumergirse en lo cálido de la pintura de Paul Gauguin, en el arte expresivo de sus lienzos, en el color. Desde el pasado 19 de febrero expone el Museo Van Gogh en Amsterdam una colección de la obra de este pintor. De nuevo vuelven a estar bajo un mismo techo ambos amigos, temperamento y arte los dos, aunque esta vez la convivencia tenga un carácter diferente que los meses que pasaron en la casa amarilla de Vincent, en Arlés, y que sea ahora su obra la que se desplaza. ( Pilar Moreno )

 

 

 

 

Un camino hacia la modernidad: el camino de Paul Gauguin. Por : Pilar Moreno Wallace.

 

Para Gauguin no es extraño esto de viajar. A sus cuatro años emigró con su familia a Perú, y este fue el primero de los numerosos viajes que hizo hasta su muerte. En realidad toda su vida fue un camino hacia lo que él llamó purificar su arte, una búsqueda constante de nuevas metas y estilos, aunque para ello tuviera que olvidar el trayecto recorrido de antes. Paul Gauguin no empieza como pintor; es a su regreso a París, y una vez casado, cuando Gauguin se interesa por el oficio, conoce a Camille Pisarro que le introduce hasta los Impresionistas, toma clases de pintura y realiza sus primeras creaciones, que llegan al Salón Oficial de París. Finalmente decide dedicarse exclusivamente a este arte, y comienza así un peregrinaje en busca de unos ideales que le hace dejar de lado familia y comodidades. Sale hacia Pont-Aven, en la Bretaña, donde su pintura va a empezar a transformarse, simplificando las formas, y el empleo intenso del color y del simbolismo.

 

El museo abre la exposición de Gauguin con los grabados conocidos con el nombre de La serie de Volpini, presentados en 1889 en el Café des Artes, de París, junto a un grupo de jóvenes artistas que sería conocido más tarde con el nombre de La escuela de Pont-Aven. Era una respuesta a que le fuera negado un sitio en la Exposición Universal de aquel mismo año. Nadie podía imaginar qué camino iba a seguir este pintor, al que todos consideraban exageradamente moderno. La serie da una imagen de los temas y del estilo que iría perfeccionando y que tan importante serían en la senda hacia su ideal. La exposición recibió poca atención de la prensa, y aunque fue visitada por muchos jóvenes artistas franceses, no consiguió con ella el éxito deseado.

 

 

 

 

 

 

 

 

Acosado por su situación financiera marcha a Panamá para seguir a la isla Martinica. Allí nace su fuente de inspiración para los primeros paisajes, reflejando en sus cuadros un mundo de fantasía y realidad que se basa en la naturaleza de la isla, en sus colores y en todo lo que vive. Es entonces cuando empieza a distanciarse definitivamente del Impresionismo y compone su propia realidad.

Hoy, visitando la obra expuesta en Amsterdam, se hace difícil creer que viviera el fracaso y la penuria.  Vemos un Gauguin generoso en el uso del color y el perfilado de sus figuras. Crea un lenguaje pictórico puro basado en la observación espiritual, sin encontrar necesario reflejar la realidad con exacta precisión, estableciendo así un estilo complejo, lleno de significados pero no menos vigoroso que le distingue de cualquier otro artista. Testigo de ello fue Vincent van Gogh, con el que convivió unos meses en Arlés. Esta amistad tuvo resultados tanto enriquecedores como desastrosos. Después de esta aventura se marcha a Tahití. Intenta integrarse en la vida de los indígenas observando y familiarizándose con sus costumbres. Se esfuerza en la pintura, donde vuelca todas sus experiencias y sensaciones, con una vehemente expresión considerada más tarde como salvaje y primitiva. Paul Gauguin volverá durante un corto periodo a Paris, para regresar de nuevo a Tahití y seguidamente a las islas Marquesas, donde morirá en 1903.

 

 

 

 

 

 

El museo ha dotado a la exposición de un ambiente parisino de la época, con sillas de café donde el visitante puede sentarse, colores y marcos románticos del siglo diecinueve, invitándonos así a un tentador camino de regreso en el tiempo. De esta forma nos es posible seguir los pasos de Gauguin a Pont-Aven, en la Bretaña, que como otros tantos artistas se sintió atraído por la belleza de los paisajes. De este tiempo son El baile de las cuatro bretonas y Niñas bretonas bailando; bailes, trajes típicos, detalles, luz, color y movimiento.  Los perfiles se pronuncian y las formas se hacen sencillas. Después de Arlés y una visita a París, le seguimos a los parajes exóticos del Caribe. Mujeres de Tahití, Vahine no te vi, El espíritu de los muertos, entre otros, son obras que reflejan la naturaleza y la ingenuidad y encanto de sus habitantes, que él llevó a sus telas con un pincel de gran fuerza expresiva. Es un paso más en su forma de pintar y su encuentro con el caracter sencillo y lo mítico de un pueblo. Un ejemplo está en el lienzo El caballo blanco; la imagen de un paisaje idílico y el caballo blanco –que no es blanco sino reflejo de los demás colores- como símbolo de las creencias relacionadas con la muerte y el culto a los dioses.

 

Su estancia en Tahití le sugiere una visión diferente de la vida, que le hace ir en busca de lo primitivo y esencial en ella. Rompe con las antiguas normas y se centra en lo originario de una cultura diferente, en la que encontró nuevas perspectivas para su obra pictórica. Pero ya poco más pudo hacer. Está enfermo. Su situación económica y su estado físico empeoran. La muerte de su hija Aline es un paso más hacia el final, que él quiere acelerar intentando poner fin a su vida. Después de esto pinta su obra de mayores dimensiones, ¿De dónde venimos? ¿Quenes somos? ¿Adónde vamos?, considerada como su testamento artístico. Deja Tahití y se establece en las Islas Marquesas, quizás con el deseo de una nueva inspiración. A pesar de su deterioro y escasas fuerzas, aún le queda energía suficiente para las dos versiones de Jinetes en la playa. Es una pintura con cierta nostalgia a los clásicos y un aire apacible que predispone a la melancolía; quizás era el presentimiento a un cercano final.