Rostros de Roma. Por : Amando Carabias María.

Viene a sostener Javier Marías en su novela Tu rostro mañana que una  de las misiones, acaso la más importante, del trabajo de su protagonista en dicha obra como investigador al servicio del gobierno británico, es colegir de un gesto, de una palabra, de un instante cómo será mañana el rostro de su interlocutor, de su espiado, de su investigado, y de ahí deducir, no sólo su vida futura, sino cómo fue la pasada, pues en un instante, en un gesto, en una acción, está encerrado toda la vida de la persona, al modo en que en una semilla figura todo el árbol.

 

Quizá sea verdad y así suceda con los servicios de inteligencia de los estados, más popularmente conocidos como espías, quizá no sea así, y si sólo se escoge un instante, podemos ser engañados por nuestra supuesta víctima, ya que ésta pudiera ser consumada experta en el arte del disfraz o del disimulo.

 ( Amando Carabias )

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rostros de Roma.  Por : Amando Carabias María.

 

A la capacidad para aglutinar en un solo gesto toda la complejidad de una vida, así como las huellas que la existencia ha dejado en ella, se llama retrato. Y su dificultad, o al menos eso siempre me ha parecido, radica precisamente en ese detalle de reflejar, no sólo las semejanzas físicas de la obra con el modelo, sino las anímicas o psicológicas o espirituales (es decir los rasgos interiores del retratado), que, de algún modo, son las marcas que el discurrir del tiempo ha sedimentado en cada quien.

Quizá por ello el retrato ha sido siempre un reto y una prueba ineludible para los artistas que se precien, quizá por ello en el retrato anide la verdadera aventura de quien se dedica a esculpir o a pintar o a fotografiar. Uno, que es un verdadero analfabeto en estas cuestiones, intuye que los grandes retratistas no se limitan a plasmar en la superficie escogida y con los trebejos apropiados los rasgos físicos de quien han de plasmar para la posteridad aunque, obviamente, tal cosa es un requisito sine qua non. Debe ser algo así, me figuro, como quien escribe un soneto. No se trata únicamente de cumplir con las normas técnicas que lo definen como tal: medida, rima, estrofas…, sino de algo mucho más hondo, mucho más trascendente: un pensamiento, una idea, una emoción, un sueño… Siguiendo, pues, con la alegoría, un buen retrato no se tiene que limitar a obtener un parecido razonable o preciso con el físico de la persona, con su apariencia, sino que tiene que ir más allá, más adentro, tiene que ser capaz de plasmar los sentimientos utilizando como vehículo para ello el gesto, la mirada, el color, la luz, la sonrisa, el ceño, quizá algún elemento que dé alguna pista…

A lo largo de la historia del arte, el retrato ha tenido y tiene magníficos y sublimes artistas que nos han regalado ejemplos para el disfrute de todos los tiempos. Y casualmente (o no tanto) los mejores (o al menos los admitidos por todos como los mejores) tienen más que ver con la capacidad del pintor o escultor o fotógrafo de plasmar el interior del retratado.

Pero sin duda de ningún género, creo, los primeros grandes impulsores del retrato son los romanos. Más aún que los griegos que, quizá, apostaban más por el paradigma que por la concreción de las personas o los rostros y acaso tendían algo más hacia la idealización del modelo.

Enmarcada en las conmemoraciones que está ciudad está teniendo con motivo del 125º aniversario de la declaración del Acueducto como monumento nacional, desde el veintiocho de enero pasado y hasta el día treinta de mayo próximo, en la sala de exposiciones que la Social de Caja Segovia tiene en el Torreón de Lozoya de Segovia, se puede admirar la exposición titulada Rostros de Roma. La muestra que abarca ejemplos desde el siglo I antes de Cristo hasta el III de nuestra era, se nutre con las obras que ha cedido para la ocasión el Museo Arqueológico Nacional. A este respecto se señala que alguna de las piezas que se contemplan en el Torreón no habían sido nunca expuestas por falta de espacio.

El hecho de que gran parte de las esculturas sean retratos oficiales, quizá suponga que en los rostros aquí contemplados no se deduzca la verdad de una vida, sino la idealización que el poder exige para pasar a la posteridad, emparentados con la divinidad. A pesar de ella, la contemplación de las piezas nos regala la posibilidad de acercarnos a vidas y a efigies tan similares a nosotros mismos que podría aparecer cualquier rostro conocido delante de nosotros. Es un modo de hacernos ver que a pesar de dos milenios, el ser humano sigue siendo la misma criatura que se afana, goza y sufre por lo mismo.

 

 

 

 

Por mucha idealización que el autor estuviera obligado a ejecutar en su laboreo, estos rostros, estos cuerpos, estas miradas, son los únicos restos que quedan de quienes un día habitaron la faz de esta tierra e incluso por una serie de años llegaron a ser dueños del Imperio.

A nosotros nos queda contemplar estas piezas que, como se podrá comprobar tiene como itinerario troncal los retratos imperiales de las diferentes dinastías romanas, aunque también hay muestras de retratos a algún filósofo y a algún anónimo ciudadano. Al estar dispuestas de modo cronológico se aprecia con claridad la variación de estilos y de códigos expresivos en el arte del retrato. A la vista de este itinerario a uno se le vienen a la cabeza diversas obras literarias y sus autores, pero eso es otra historia.

A resaltar la actividad enfocada y dirigida a los niños que se desarrolla durante los meses de marzo y abril, titulada Cuento teatralizado El amuleto de los emperadores: la Medusa a la que se asiste previa reserva de horario.

Para más información y detalles se puede consultar en esta dirección.  En ella pueden contemplar un pdf sobre la exposición, de libre acceso.