Días de Incienso en el Sur. Por : Pilar Moreno Wallace

Asoman cómplices a esta senda peregrina que repetimos cada año. Días diáfanos, policromados y de barnices brillantes nos sumergen en un tumulto de luces y santos, un mundo que tiene algo de irreal y mítico, y mucho más de exaltación. Días que aquí no exigen  especial recogimiento ni una obligada e infinita religiosidad. Quizás es lo contrario de lo supuesto y todo se traduce en un esfuerzo físico que requiere vítores, aplausos, pulsos, encuentros con un cierto orden y lágrimas. ( Pilar Moreno )

 

 

 

 

 

Dias de Incienso en el Sur. Por : Pilar Moreno.

 

Siete días, una semana que vive un público sin márgenes, desbordado, que quiebra la rutina y acalla sombras en perenne vigilia. Siete días que comienzan con el blanco de un Cristo en cautividad; verdes, púrpuras, morados, rojos y negros van ocupando la escala de valores en el día a día de los desfiles, entre sones de cornetas y tambores, y una partitura ciega para campanas e iglesias todavía sin escribir. Saetas, cristos, vírgenes, cirios y coronas determinan el lenguaje de cada procesión. Días de túnicas, de mantillas, de nazarenos, de cera abandonada e incienso persistente y denso; aroma que nos persigue y alcanza. Una poesía extraña impregna el aliento y nubla nuestros ojos y -a veces- nos desorienta de lugar. Siete días, una semana en la que el latido de la ciudad impulsa con una rítmica cadencia  a los hombres de trono y a sus imágenes. Las llamamos por sus nombres; ellas -besadas por una brisa indiscreta- altas, silenciosas y sufridas, ¡y tan guapas!, siguen el vaivén del palio y el balanceo de las barras y tulipas. Hay pétalos en el aire y palomas, claveles para el color y romero para la Esperanza. Los varales tiemblan en los encuentros, y en las recogidas el cansancio transfigura y nos deja huérfanos de gestos, pero se sigue haciendo penitencia hasta un alba que ya se sabe cerca.

Al anochecer la luz es apenas un recuerdo avivado por la encendida candelaria.

Nosotros,público entregado a esta extraña liturgia, nos sentimos cofrades y penitentes, expectadores ensimismados del protagonismo que exige esta semana.

Visitamos hermandades, seguimos itinerarios y obedecemos rituales y símbolos según una didáctica íntima y personal. Religión, costumbre y arte, una triada que balancea entre la devoción y la estética del espectáculo de unos tronos elevados hacia el cielo a pulso y a toque de campana.

 

Seguimos engarzando las horas, los días caminan hacia un final; el tiempo escribe su propio relato en fuga disciplinada y sin nostalgias, cumpliendo con su deber. No se rebela y se entrega hasta completar la semana. La vida sigue entonces los hábitos de siempre con la esencia primigenia y el júbilo de la resurrección. Tribunas y sillas pierden la misión  encomendada en estos días de desfiles, hábitos y capirotes se guardarán, y habrá alguna que otra niña que sigue soñando con vestir la mantilla, si todavía se conserva -para cuando crezca- la tradicción. Queda aún un regusto a incienso, y en las calles la cera, como azúcar derramado, dejará oír durante algunos días un rumor impaciente y triste con el roce de los pies.