La pasión del coleccionista: de Matisse a Malevich. Por : Pilar Moreno.

Todos hemos hecho colección de algo cuando éramos niños: cromos, estampas, pegatinas, canicas, incluso insectos. Pienso que lo importante para nosotros entonces no era tanto lo coleccionable, como el poder cambiar aquello que teníamos repetidos con los amigos y compañeros a la salida del colegio. A medida que crecimos las colecciones recibieron otros nombres y más peso. Para unos sería una manera de ocupar sus días y recrearse en sus nostalgias; otros se entregaron totalmente a este entretenimiento e hicieron de la busca del objeto deseado una obsesión que dominará su vida.  ( Pilar Moreno)

 

 

 

 

La pasión del coleccionista: de Matisse a Malevich. Por : Pilar Moreno.





 Entre los más importantes coleccionistas de todos los tiempos se distingue la emperatriz Catalina II de Rusia, considerada como una entusiasta mecenas del arte. Empieza adquiriendo unos doscientos cincuenta cuadros de pintura holandesa y flamenca, que alojó en el Museo del Hermitage en el Palacio de Invierno en San Petersburgo, residencia de los antiguos zares. Con el fin de que su colección –que entonces no estaba expuesta al público- no fuera superada por ninguna otra, se convirtió en una compradora compulsiva que enviaba a sus representantes en Europa a las subastas de arte. El museo se fue enriqueciendo durante su vida y en las de sus sucesores hasta alcanzar la importancia que tiene hoy.

 

 

 

 

 

 

 

Además de la pintura holandesa, -unos mil cuadros-, el museo contiene una extensa muestra de arte italiano, español y francés. De este último hay una maravillosa y rica colección de pinturas, del impresionismo y el post-impresionismo, de los maestros de principio del siglo veinte, fauvistas defensores del color y las formas,  que pertenecieron a dos coleccionistas rusos, Sergei Shchukin (1854) e Ivan Morozov (1871). Ambos dieron un atrevido paso al comprar esas obras -en aquella época revolucionarias- exponiéndolas en sus propios domicilios. Jóvenes artistas rusos podían así conocer lo que estaba de moda en Francia. El comienzo de la Primera Guerra Mundial puso fin a sus actividades. Después de un tiempo accidentado y diversos recorridos llegaron al Museo del Hermitage que recibió gran parte de la colección para su custodia.

De esta colección han viajado estos días unos setenta y cinco lienzos hasta el museo Hermitage en Amsterdam. Este edificio fue durante trescientos veinticuatro años una residencia para ancianos. A finales del siglo veinte no respondía a las exigencias necesarias para esta clase de prestación y fue renovado. Ahora es un espacio con un interior armónico en líneas, luminoso y amplio, que alberga la filial del Hermitage en San Petersburgo, consolidando así la amistad entre las dos ciudades, cuyo origen tuvo lugar en 1697 con la visita a Amsterdam del Zar Peter el Grande de Rusia.

 

 

 

 

En el museo una explosión generosa de colores y formas deslumbra con las obras de Matisse, Picasso, Van Dongen, De Vlaminck, Laurencin, Malevich, Guérin, Marquet, Derain, Rouault, entre otros, que marcaron un momento importante y decisivo en la historia del arte, librándola de tradiciones y normas. En sus pinturas se asoma la pasión avasalladora con que ejercían sus trabajos, en los trazos fuertes y bruscos, en el contraste a que enfrentaban luces y sombras, en el juego con el espacio, en la ausencia de una realidad. En el cuadro “Invierno”, de Vasily Kandinsky, se refleja de una manera óptima ese contraste entre el color amarillo de la casa frente al fondo oscuro, las pinceladas de azul, amarillo y verde en el cielo y las manchas de colores en primer plano. Una pintura que va camino de lo abstracto.

 

 

 

 En “La habitación roja” de Henri Matisse, el atrevido color rojo –sobrepuesto al azul original- es el protagonista principal en una escena con aparentemente pocos detalles, pero que inspira inquietud y te deja sin respuestas. Tiene una atracción sugestiva que hace del lienzo un punto culminante de la exposición. Ciertamente una de mis pinturas favoritas, quizás por las dudas que me provoca y la curiosidad hacia la intención artística del pintor. Fue un encargo de Sergei Shchukin, que desarrolló una gran amistad con Matisse y se convirtió en su mecenas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

También de mi elección es el holandés Van Dongen y su “Dama con sombrero negro”, negro y verde, negro en la mirada y oscuro el pensamiento, verde en el vestir y negro profundo en el sombrero para una modelo elegante de la que no conocemos el nombre.

 

Esta exposición me reconcilia con Picasso, aunque el cubismo siga siendo una asignatura pendiente para mí. Tampoco Shchukin  era en principio un entusiasta seguidor de este género. Sin embargo, llegó a tener cincuenta obras del pintor malagueño. En el momento que adquiere una de sus pinturas existe un flechazo y –según sus palabras- no había día que no dejara de mirarla atraído por ella. Admiraba su rechazo a las normas. Compró un segundo cuadro, y ya no pudo pasar sin él, la magia nació entre ellos, ¡el artista lo tenía ya en su poder! La colección de pinturas de Picasso en el Hermitage de San Petersburgo se considera como una de las mejores del mundo. Son obras de una calidad extraordinaria, realizadas en los comienzos de un nuevo movimiento artístico al que daría nombre, y que rompería con las tendencias tradicionales hasta ese momento. De los treinta y ocho lienzos del museo, doce cuelgan estos días en el de Amsterdam. Ellos habían sido hasta ahora para mí estampas en libros de arte.

 

Todo cambia cuando puedes observar de cerca las pinceladas vigorosas de atrevidas figuras y formas, líneas y contornos, y sobre todo ello el color como un don primitivo y exaltado. La visita a esta colección me ha dado la posibilidad de conocer la pintura desde otra perspectiva, donde cada lienzo tiene una realidad nueva con propia fuerza que se transforma en armonía. Según palabras de Matisse, el artista no necesita preocuparse por detalles insignificantes, ni tampoco es de su incumbencia detallar hechos históricos. El arte de la pintura tiene un significado mayor, permite al artista dar a conocer su visión íntima, su propia historia, el mundo que siente.

 

 

Shchukin y Morozov estaban considerados en Moscú como excéntricos al mostrar sus preferencias por la pintura francesa moderna y de artistas que no estaban laureados como maestros. La colección permite también apreciar cuánta intensidad y sentimiento tuvieron para conseguirla. Durante la revolución en 1917 el estado la embargó; la mitad fue depositada en el museo Hermitage y el resto en el Museo Pushkin en Moscú. Shchukin, temiendo por su vida, huyó a Francia. Murió en la indigencia en 1936. Morozov también perdió todo; fue nombrado asistente del director del museo donde se depositó la colección que había sido de su propiedad. Finalmente, desilusionado, abandonó el país. ¡Cómo imaginarse entonces que sus colecciones iban a ser expuestas en el mismo centro de Amsterdam!…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El título “La pasión del coleccionista: de Matisse a Malevich” puede dar falsas expectativas a quien piensa encontrarse ante una muestra del arte ruso. Nada menos cierto; Kandinsky está presente con cinco lienzos; de Malevich únicamente “Cuadrado negro”, una pintura que provocó mucho asombro y hasta rechazo. Con ella señaló uno de los momentos más importantes de la historia del arte. Malevich nombró su estilo “suprematismo”, del latín “supremus”, lo máximo, lo inmejorable, y rompió con todas las reglas. Esta obra significó mucho en la manera de ver y entender el arte, creando un lenguaje diferente hasta ese momento conocido. En la última sala, pequeña, de muros blancos, el cuadro -sin marco pero límitado por un cristal- pone el punto final a la exposición. Tuve que recorrer todas las salas para llegar hasta dónde el título me prometía. Después de la intensidad del color, el negro puede resultar un oasis, aunque no creo que fuera esto la intención de los coleccionistas.