“En la Memoria del Tiempo” ( Fragmento). Por : Jeroni Mira.

Toda memoria tiene unos anclajes en lo que ya fue y no volverá. Sin convencimiento sabe que todo esfuerzo por edificar el presente a base de mortificarse reviviendo el pasado es la peor de las sandeces, una locura inadmisible. ¿Dudas?, todas las que caben en el cuenco del corazón del mundo desde que fue, es y será. Los tiempos de la acción transcurren en tres fases que, mejor o peor malabarista, mueve al vuelo entre las manos aun firmes a pesar de la edad, firmes como barras flexibles de acero, frágiles como el cristal.

 

( Jeroni Mira).

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmento de ” En La Memoria del Tiempo”. Por: Jeroni Mira .

 

Quiso ser el sexto día esclavo del sexo desde el amanecer hasta que la mirada se perdió en las túnicas de la noche, las rapaces nocturnas le gritaban: ¡Loco, loco, loco! No hizo el menor caso, tenía que morir en algo para saber si era capaz de renacer.

Caras sucias, cansadas, legañosas. Una luz reverberante y turbia iluminando el centro de la mesa, sombras que se mueven más allá del radio de acción, la luz, esta preciada, precipitada, buscada, añorada luz no llega, el túnel si cabe se hace cada día más oscuro, la esperanza más escurridiza e impensable, la ilusión es un abanico cerrado que ya  no ofrece aire. Más allá de la media noche ya no le quedan naipes en la mano, ni fichas, ni alma que ofertar a Mefistófeles.

Voraz intenta aplacar sus sonidos estampando con suavidad cenital sus labios sobre los de ella, cerrando toda posibilidad a otra palabra, buscándose infructuosamente en cada caricia, en cada micro-electroshock de los sentidos. Ella inspira y expira, ser acuático, vivo, silente en la inmensidad de los tiempos y los espacios, hormiga reina de ultratumba.

¿Has despertado ya?

Difícil calibrar si estuvo despierto, si toda la angustia que se acumula entre corazón  vientre es el latigazo definitivo, definidor de dónde está, ciego sin bastón, sin lazarillo. ¿Eso era la Vida? Tras el cuarto sorbo de café, tras el tercer cigarrillo hay una ciudad envuelta en su carrera hacia el precipicio, su carrera hacia la nada.

Perdiste, gota a gota, toda la energía, te perdiste a ti mismo a pesar de buscarte con tanta insistencia y ansiedad, hoy no te ofrecen la mano, giran su mirada hacia otro lado conscientes de que su poder es negar que existes.

Toda memoria precisa de la otredad, de unos tiempos preestablecidos contenedores de espacios y acciones, pequeñas acciones que son detonantes de otras acciones que para algunos, siempre de un modo subjetivo, pueden llegar a ser grandes. ¿Qué es grande y qué es pequeño, alguien llega a saberlo? Toda memoria es un saco inútil de piedras colgado a la espalda que te imposibilita la flotabilidad en el río de la existencia, lo que lleva a ésta a ser una vivencia subacuática, silenciosa, bebida predilecta de la Muerte.

Ni idea de a dónde le llevaran sus pasos hoy, quizá permanezca inmóvil en esta atalaya en espera que el mundo se borre tras estas neblinas de calor y aire pesado. Los cristales están limpios, la realidad que concibe sucia tela orgánica imposible de respirar, imposible de ser cortada con este cuchillo con el cual unta la tostada de mantequilla y queso. Otro sorbo de café, otra pulsión entre dedos, frente, corazón y alma.

No rezará a ninguna diosa, a ningún dios, no desea pedir nada. Extenderá los brazos y las manos hasta que se arranquen por si solos del cuerpo, caerá al precipicio de otro silencio mientras se lleva puesto el último beso que recibió de tus labios.

Tras la ventana imprecisa de su subjetiva visión eructa una exclamación: esto es postural. Da una cala profunda, demasiado, a su cigarrillo y ve que lo postural de quien se siente y sabe vencido va más allá de algo mental, es algo fisiológico. Rebobina, sin por ello querer guardar nada de lo dicho, rebobina y enciende un imaginario fuego donde todas las naves de su pasado, si es que existió, se convierten en humo y cenizas.

 

Una granada sin seguro.

Algo perturba mi mente y tu nada sabes,

despierto en el epicentro de esta noche

con el trotar de caballos sobre el pecho,

mirada vegetal, quieta,

de múltiples verdes,

mirada de helecho,

despierto sin saber dónde estoy,

peor aun sin saber dónde voy.

Tu mano encierra una granada sin seguro

que reventará toda ilusión, todo sueño,

en mi mano una pulsión:

confusión,

robada palabra,

imagen que no adopta forma ni cuerpo,

respiración-latido en atmósfera cero.

Algo perturba mi mente y

ni tú, ni yo, ni nadie sabe a qué atenerse,

gotas de humedad mineral

rasgando mi piel en su ácido descenso.

De la mano de unos indefinidos dioses

regresas al presente

siempre en el planeta de lo onírico:

¿cómo poder recuperar la esencia de una vida que ya fue?

Punzante dolor de daga atravesando la boca del estómago,

pensamientos de gelatina que se resisten a ser asidos,

cegados mis ojos por el vaho de vuestros alientos,

sin control sobre la aceleración,

piloto un bólido indomable denominado Vida,

en cada recta un precipicio,

en cada curva una probabilidad de vuelo,

por absurdo que parezca

hijo soy del absurdo,

hijo soy de quien nace para morir,

hijo de cada víctima y desterrado,

más allá de estas ventanas y puertas

ya no queda ningún paraíso,

en el preciso instante que abras tu mano

estallará la granada

dejando jirones de lo que fuimos,

de lo que somos y quisimos creer ser

esparcidos por otro universo,

donde ya no olerás,

donde ya no verás,

donde ya no oirás,

donde no degustarás,

donde ya no podrás decir

“lo siento”.

* El lienzo que aparece es propiedad y autoría de Jeroni Mira. Todos los derechos reservados. Agradecemos al autor las facilidades para su reproducción.*