La Campana. Cuento medieval y romántico. Por: Carlos Feral

Y el Aventurero, cegado por un impulso irrefrenable, se acercó a la campana y acariciando su bóveda cerró los ojos y muy cerca de la boca que ya tocaba a arrebol, plantó sobre ella un beso… ( Carlos Feral)

La Campana. Por:  Carlos Feral.

 

 

 ( Dedicatoria: Quiero dedicar este relato a mi amiga Alexandra Cugler, hija de mi admirado maestro Grigore Cugler (Apunake) como homenaje a su padre)

 I

El aventurero despertó en un paraje insólito, desconocido. No podría definir muchas de las plantas que le rodeaban en aquel momento ya que nunca había visto nada igual en el mundo que él conocía( si es que aquella especie de seres vivos podían considerarse pertenecientes al reino vegetal). El aventurero tenía la sensación, aunque no se atrevía a ahondar más en el asunto para que no se confirmasen sus temores, de que aquellos seres que velaron su sueño toda la noche, se movían, casi imperceptiblemente y le susurraban al unísono una especie de cántico que al mismo tiempo que le embelesaba le causaba una profunda inquietud. En busca de una respuesta a su situación, inquietante, digo, aunque no desesperada, el aventurero juntó las fuerzas que aún le quedaban para levantarse y buscar una posición más elevada que le permitiera tener una visión más amplia del lugar. Los Planta-seres, nombre que el Aventurero les había dado por llamarlos de algún modo, seguían con su murmullo y el Aventurero lo interpretó como una especie de letanía, de un ritual que le provocaba una corriente gélida en su espina dorsal. Creyó que debía salir de allí a toda prisa cuando, prestando algo más de atención, se dio cuenta de que más o menos entendía el significado de aquellos murmullos:

“Ding, dong, ding, dong,

 te llama la Señora

con su triste son.

Ding, dong,ding,dong.

Atiende a su llamada.

Ha llegado la hora

de ofrecerle un don,

Ding dong.

¡Ahora!

El aventurero se quedó estupefacto, primero porque no entendía lo que aquellos Planta-seres querían decir con ese cántico pero lo que más le inquietaba era cómo era capaz de entender ese extraño lenguaje que nunca antes le había sido revelado.

Echó la mano al petate y comprobó que sus pertenencias seguían allí: el cuarto tomo de De Monotonias Ptolomeas, de Egidio el Chico; el último ejemplar de La Esencia de la Belleza, de Picio Augusto; un ejemplar casi seco de rosa Mosqueta, un lápiz de carboncillo, un par de lagartos bastante envidiosos el uno del otro, el bastón de mando de un alcalde sin pueblo, un chaleco tejido con hilo de Ariadna que su abuela nunca llegó a terminar, unas galletas medio secas y un precioso samovar de latón siempre dispuesto para preparar un buen té de cualquier clase y aroma. Comprobó que en su cinto seguía envainado el cuchillo de caza y su espada corta y que a pocos metros de donde se había despertado un Planta-ser acunaba su sombrero hongo de fieltro al ritmo del extraño cántico.

Como no sabe si ha perdido la razón pero lo atrae el sabor de las dificultades recoge todo apresuradamente y, con paso inseguro, se pone en marcha.

 

II

Notando, al principio, que cada pierna le pesaba como si fueran de elefante pero adquiriendo poco a poco una cadencia suficiente como para avanzar a un ritmo regular, el Aventurero alcanzó la cima de la colina y, haciendo visera con sus manos, divisó abajo, en el valle, un mar de hierba sobre el que navegaban veleros, pero todos lo hacían cuesta abajo ya que no soplaba ni una gota de viento que pudiera impulsar sus velas de inmaculado lino blanco. Todos ellos se dirigían a una especie de puerto en una pequeña ciudad de piedra sobre cuyas casas destacaba la silueta de un campanario.

Sintiendo que no andaba sobrado de fuerzas ni de provisiones, el Aventurero decidió dirigir sus pasos hacia esa pequeña villa aunque sentía el temor de que si osaba cruzar aquel mar vegetal quizá pudiera perecer ahogado entre sus tallos. Al llegar a sus orillas, sopesando los “pros” y los “contras” de adentrarse en aquel mar de lavandas, espliegos, trigos verdes y centenos rezó lo que supo en latín, en griego y en la lengua desconocida la cual no se explicaba por qué ahora hablaba con fluidez, y saltó al verde infinito.

Al principio contuvo el aliento como si se arrojase a un mar de prístinas aguas pero cuando ya estaba a punto de perder el sentido por la apnea, pensó que no había probado a respirar normalmente y que, si no era agua donde había ido a parar, sería absurdo aguantar la respiración un segundo más así que, arriesgándose en grado sumo, aspiró una bocanada de aire tan profunda que notó de inmediato un alivio benéfico y sintió cómo en sus pulmones entraba un aire tan fresco y tan puro que le añadió a su cuerpo unas fuerzas que antes le habían abandonado. El aroma de las lavandas mezclado con el de la menta y la hierbabuena ejercieron sobre él un efecto casi sedante y sintiéndose renovado, quiso emprender la marcha, sin decidirse muy bien entre nadar o caminar.

III

Felizmente para el aventurero no tuvo que decantarse ni por una cosa ni por otra ya que, justo al ir a dar su primer paso-brazada, uno de los veleros que antes observara desde el altozano se detuvo junto a él y sin saber ni quién se la había arrojado por la borda ni lo que se encontraría al encaramarse a la embarcación, una escala de cuerda con peldaños de hueso cayó a su costado como una invitación para subir a bordo.

Con un lógico recelo, sobre todo porque el Aventurero no supo dilucidar que los peldaños a los que se asía eran de tibias humanas o de una especie animal, comenzó a escalar despacio, sin dejar de levantar la cabeza hacia la borda de tanto en tanto por si algún tripulante de la embarcación le quería tender una trampa. El petate le colgaba de la espalda pero decidió quitar la trabilla a la funda del cuchillo y ponérselo entre los dientes al estilo bucanero para estar preparado a abordar el barco con violencia en caso de algún ataque de sus ocupantes. Otra cosa que le llamó la atención era que la embarcación no estaba hecha de madera. Posiblemente la madera no existiera en ese extraño lugar. Se acordó entonces de los Planta-seres y de que sus tallos no estaban hechos de materia vegetal propiamente dicha. Lo parecía, pero estaba seguro de que no era así.

Asiendo la borda con una mano y agarrando el cuchillo con la otra, se dispuso a subir a cubierta sin el menor sigilo, rápidamente, para no desaprovechar un ligero factor sorpresa en el caso de que la tripulación esperase recibirle sumiso y desconcertado. De un salto puso los pies en cubierta y se quedó estupefacto al no encontrar a nadie allí. La escala se enrolló ella sola y se mimetizó con el resto del barco. Sin ninguna duda, el velero era en sí mismo un organismo vivo, todo él de una pieza, en el que sus mástiles eran como brazos, el mascarón de proa la cabeza y el timón una especie de cola de sirena que lo impulsaba y dirigía el rumbo a voluntad. Ahora entendió lo de la escala de tibias. Era el propio esqueleto de la embarcación la que le había servido de ayuda. Sin pronunciar ni una palabra, se sentó sobre la cubierta, que no era de hierro ni de madera, ni de fibra vegetal ni de nada con lo que un barco se suele construir así que, resignado, dejó el petate a su lado, envainó de nuevo su cuchillo y mirando al horizonte, a la lejana villa de piedra se caló su sombrero hongo y esperó. El Velero-ser, que así lo nombró por referirse a él de alguna manera, inflaba y desinflaba sus velas con una cadencia rítmica similar a una respiración, a pesar de que no se movía ni una brizna de aire y, con un suave vaivén, emprendió la marcha hacia el puerto.

IV

Nada más atravesar la bocana del puerto al aventurero le dio la sensación de que el faro bajo el cual acababa de pasar dentro del Velero-ser cambiaba sus rayas rojas por un gris ceniciento y que se inclinaba ligeramente a su paso como para verle mejor. Como no es posible que un faro se incline sin romperse lo achacó al cansancio acumulado y a los nervios de todas las novedades que le habían acontecido durante la extraña jornada y que sin duda alguna provocaban espejismos en su fatigada mente. Fijándose con cuidado en las casitas del puerto apreció que ahora no eran de piedra sino de un blanco encalado mediterráneo. Al tocar el malecón desembarcó de un salto y volviéndose hacia atrás y sin saber bien porqué le espetó al Velero-ser un sincero: “Gracias”.

En el muelle no había ni un alma. Bueno, no era exactamente una ausencia de almas sino más bien de figuras humanas o animales porque tal y como podemos entender el concepto de alma, el Aventurero podía sentir que no estaba solo sino que un montón de almas palpitaban a su alrededor. Sin saber dónde dirigirse decidió enfilar la calle empinada que se abría paso, al parecer, hacia la torre más alta con campanario que había visto ya desde lo alto de la loma antes de bajar al mar de hierba. Supuso que allí donde está la torre más alta se encuentran los edificios principales como la Iglesia, el Palacio del Gobernador o el Ayuntamiento y que allí seguramente le podrían orientar y proporcionar algo de comida y agua. Este último asunto quedó solucionado cuando, tras ascender unas decenas de metros se encontró con una fuente de doce caños de la que manaban doce chorrillos de agua fresca y pura. De cada caño, el agua caía al suelo e iba a encauzarse en doce surcos practicados en el suelo los cuales, a su vez, se ramificaban en otros más pequeños que iban a morir bajo los muros de cada una de las casas de la villa. El aventurero creía recordar que en la lejanía las casas parecían construidas en piedra pero al llegar se percató de que estaban encaladas como esos pueblecitos a orillas del Mediterráneo aunque le daba la sensación de que, de un modo casi imperceptible, algunas de ellas, o quizá todas ellas, cambiaban de aspecto a su antojo ya que ahora, al llegar a una plazuela las fachadas tenían una aire que podría denominarse barroco y muchas de las puertas tenían blasones y escudos encima de los dinteles. A la vuelta de la placita tras atravesar un estrecho callejón que daba la sensación de hacerse más estrecho o más ancho a medida que pasaba a través de él, se dio de bruces con la torre del campanario. ¡Qué abrumadora visión! La belleza de la torre era indescriptible. Sus paredes como de ladrillo árabe la teñían de oro cuando el sol del atardecer acariciaba con sus rayos las altas paredes y los ornamentados arabescos y estrellas de ocho brazos de sus arcos de medio punto. En la cúspide de la torre, un elegante campanario albergaba una preciosa campana de algo así como bronce, lustrosa, de boca ancha, de finas paredes, con un contorno que según ascendía a la bóveda se iba estrechando como la cintura de una bailarina balinesa y sobre la que estaban grabadas a modo de cinturón una serie de grecas, que resaltaban en plata, escenas de flora y fauna, si es que había flora y fauna en aquel extraño lugar. Luego volvía a ensancharse hasta quedar unida al eje por un elegante aro engarzado de piedras preciosas en forma de corazón. Ésta, observando al forastero, fijó su atención en la cabeza y, creyendo que el sombrero hongo era la bóveda negra de una campana pequeña que conoció en otro tiempo, cuando la vio pasar colgada de la botavara de un Velero-ser, recordó su juventud, cuando no era más que una campanita que colgaba de la puerta del faro y recuperando el ardor de antaño se enamoró sin remedio. El Aventurero admirado de la hermosura de la campana ascendió a toda prisa por los peldaños de la escalera de caracol de la torre hasta llegar a la plataforma de no madera ni acero pero que sujetaba firme aquélla maravillosa campana. Esta, no pudiendo resistirse al embrujo del amor, comenzó a oscilar provocadora, haciendo que su badajo chocara con sutileza contra la pared interior. El sonido que emitía era como una melodía interpretada por los mismísimos ángeles y el Aventurero, cegado por un impulso irrefrenable, se acercó a la campana y acariciando su bóveda cerró los ojos y muy cerca de la boca que ya tocaba a arrebol, plantó sobre ella un beso mientras sacaba del petate el ejemplar de La Esencia de la Belleza, de Picio Augusto y haciendo uso del lápiz de carboncillo dibujó en la última página del volumen, la campana con todo detalle escribiendo debajo las siguientes palabras:

 

Sin duda el gran Picio Augusto

olvidó que la belleza

de semejante campana

merece ser recogida

para que sea admirada

de los pies a la cabeza.

Poema anónimo recitado en los Cánticos de Alphonse IX le Voyageur, tomo II.

He aquí mi don, Señora. Y lo depositó en la plataforma, debajo de la campana.

La campana emocionada empezaba a redoblar haciendo que el sonido se volviera cada vez más insoportable para un oído humano así que el Aventurero, tapándose las orejas con ambas manos, inició raudo el descenso para evitar quedarse sordo. Al llegar a la base de la torre no se detuvo a mirar y fue al llegar nuevamente al puerto cuando volvió la vista hacia el campanario y quedó atónito al observar que ya no era arabesca sino más bien gótica. Unos gruesos lagrimones de algo como cemento se derramaban desde el campanario sobre unos gruesos arbotantes que sujetaban desde la torre una nave central la cual, por lo que él recordaba, era idéntica a la de la catedral de Reims. Las gárgolas enfadadas erizaban el lomo y enseñaban los colmillos fijando la vista en él. Las casitas de pescadores del puerto mediterráneo eran ahora cabañas sucias de adobe y latón.

V

Sin pensárselo dos veces, saltó de nuevo en el Velero-ser y, con voz suplicante, le pidió  que le alejara de allí cuanto antes. El barco mostrando una noble crianza y recordando el  agradecimiento que el Aventurero le mostrara nada más desembarcar, tendió hacia el muelle una pasarela ósea para que el Aventurero accediera a la cubierta. Una vez hubo subido la pasarela, tal y como rea costumbre, se mimetizó con la borda y desplegando las velas entonó una letanía que provocó que el mar verde se inclinara al revés. Inflando y desinflando el velamen de lino blanco, si es que era lino lo que se hinchaba y deshinchaba como una respiración, puso rumbo al bosquecillo plagado de Plantas-seres. Con el  primer impulso aunque no soplaba ni la más mínima brisa salió despedido el sombrero hongo de su cabeza y fue a caer en el malecón del puerto. Cuentan que desde entonces el campanario se inclina cada vez más hacia el puerto y que cambia de aspecto según su estado de ánimo pero ¿quién puede atreverse juzgar la locura que provoca el amor y más cuando se ha probado ya el veneno del primer beso?

El aventurero desembarcó sano y salvo en la orilla de la loma y sin volver la vista atrás desapareció en el bosque de Plantas-seres las cuales a su paso murmuraban una especie de letanía que él ya no era capaz de comprender. Sacando del petate a los dos lagartos les leyó un capítulo entero del De Monotonias Ptolomeas, de Egidio el Chico y, para que no discutieran, les dio una galleta seca a cada uno mojadas en una infusión con aroma de rosa mosqueta que preparó en el samovar. Una vez repuestas las fuerzas tanto en cuerpo como en espíritu se puso el chaleco ya que la noche comenzaba a refrescar, se levantó presuroso apoyándose en el bastón de mando y se dispuso a buscar algún rastro de humanidad dejando atrás para siempre el amor de una campana y el mar de verde infinito.