Salammbô. Sueño y realidad de Gustavo Flaubert. Por Virginia Seguí

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El personaje femenino al que se refiere Flaubert, esbozado primero en su imaginación, irá tomando forma en la novela llegando a convertirse en su propia esencia; hasta el punto de que el escritor decidirá cambiar su título inicial: Cartago por el de Salammbô, nombre de la sacerdotisa de Tanis e hija del general cartaginés Amílcar Barca cuya inmolación relata en su obra; y así se lo comunicaría a su editor Charles-Edmond, director de La Presse, en noviembre del mismo año: “Mi trabajo tendrá por título (creo) Salammbô, roman carthaginois. Es el nombre de la hija de Amílcar, hija inventada por un servidor […]“.

Salammbô. Sueño y realidad de Gustavo Flaubert. Por: Virginia Seguí.

En mi primer capítulo he llegado a mi mujercita. Estoy puliendo su indumentaria, lo que me divierte mucho; esto me ha animado un poco. Me revuelco como un cerdo en las pedrerías con las que la rodeo. Creo que la palabra púrpura o diamante están en cada frase de mi libro. ¡Cuánto adorno! Pero los suprimiré.

Con estas palabras relata Flaubert, en su carta del tres de octubre de 1857, a su amigo Du Camp, los inicios de la redacción de su segunda novela en la que trabajaba en su retiro de Croisset. El personaje femenino al que se refiere Flaubert, esbozado primero en su imaginación, irá tomando forma en la novela llegando a convertirse en su propia esencia; hasta el punto de que el escritor decidirá cambiar su título inicial: Cartago por el de Salammbô, nombre de la sacerdotisa de Tanis e hija del general cartaginés Amílcar Barca cuya inmolación relata en su obra; y así se lo comunicaría a su editor Charles-Edmond, director de La Presse, en noviembre del mismo año: “Mi trabajo tendrá por título (creo) Salammbô, roman carthaginois. Es el nombre de la hija de Amílcar, hija inventada por un servidor […]“.

Después del éxito, no exento de polémica y con proceso judicial incluido, suscitado por la publicación de su primera novela: Madame Bovary, en la que describía la sociedad de su época descarnada y pormenorizadamente, al tiempo que se centraba y definía, psicológicamente, a Emma Bovary, su protagonista; el escritor francés optará por escribir una novela, en apariencia antitética a la anterior, dadas las connotaciones románticas que un tema basado en la Antigüedad aparentemente conlleva; por lo que no cabe duda que su creación fue un verdadero reto para quien estaba considerado como uno de los primeros autores que se había atrevido a dar el salto hacia el primer naturalismo; sólo su metódico y concienzudo sistema de trabajo le permitió llevar a cabo la empresa que se había propuesto; realizando en Salammbô la primera, y quizás única, novela romántico naturalista de la historia de la literatura; sino fuera porque él mismo escribió años después Las tentaciones de San Antonio.

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En su opinión: para que un libro rezume verdad, hay que estar atiborrado de su tema hasta por encima de las orejas. Entones el color viene con toda naturalidad, como un resultado fatal y como una floración de la idea misma“, y Zola decía de él que: “Cuando escribía un libro se entregaba a él en cuerpo y alma, refiriéndolo todo a ese libro, comiendo y bebiendo para él”.

Por tanto el escritor se empapó de Antigüedad, consultando más de una cincuentena de libros de diversos autores como Polibio, Apio y Diodoro Sículo, Isidoro, Cornelio Nepos, Plinio, Plutarco, Xenofón y Tito Livio, en la Historia de España de Masden, encontrará una cita que da origen al nombre de su personaje, según unas inscripciones en las que se nombra trece divinidades locales anteriores a la época romana se encuentra Salambou y su vecino Pierpont Libray, le indica en una carta que le escribe desde España que en Andalucía existe un pueblo llamado Salobreña, que antes se hacía llamar Salambina, nombre de una divinidad fenicia, venerada también en Siria. Además de esto contaba con la experiencia adquirida en el viaje a Oriente que, junto a su amigo Maxime Du Camp, realizó entre noviembre del 1849 y junio de 1851, visitando las ciudades de: Alejandría, El Cairo, Beirut, Bagdag, Rodas, Esmirna, Costantinopla, Atenas, Nápoles, Roma; y recorriendo todos los lugares cultural y artísticamente importantes y viviendo situaciones y experiencias personales que le transformarían física y espiritualmente para el resto de su vida. Muchas de estas experiencias le serán de gran utilidad para la recreación y descripción de ambientes y personajes, siendo el de Salammbô uno de los más significativamente afectados. A pesar de esto Flaubert necesitará hacer un nuevo viaje que le permita conocer de primera mano el paisaje de la zona y las ruinas de Cartago, para sumergirse en su luz, paladear sus sabores y respirar sus aromas; cuestiones importantes en su sistema creativo.

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Su trabajo será arduo y avanzará lenta y discontinuamente, su obra no vio la luz pública hasta el 20 de noviembre de 1862; editada por Michel Lévy, quien únicamente pagó diez mil francos por sus derechos, exigiendo además derechos sobre Madame Bovary durante diez años y asegurándose la publicación de su siguiente obra que ineludiblemente debería ser contemporánea; lo que será un duro golpe para el escritor que, aunque carente de problemas económicos, conocía de primera mano que su amigo Víctor Hugo acababa de recibir trescientos mil francos por los derechos de Los Miserables. Por el contrario el autor sólo puso como condición que su libro no estuviera ilustrado pues no era partidario de que nadie interpretara sus escritos y creara imágenes reales que no coincidieran con lo sus descripciones atreviéndose a crear escenarios, elementos decorativos o indumentarias que el no citara expresamente, esta cuestión la expresa con las siguientes y lúcidas palabras: “En cuanto a las ilustraciones: En cuanto a las ilustraciones te juro que aunque me ofrecerá cien mil francos no aparecería ni una. Sólo la idea me pone frenético, ¡Jamás!, ¡jamás!, Ah! que me enseñen al individuo que puede hacer el retrato de Aníbal y el dibujo de un sillón cartaginés! Me hará un gran servicio. No valía la pena poner tanto arte en dejar todo en lo vago, para que un mequetrefe venga a destruir mi sueño con su precisión inepta.”Si el estudio y la experiencia personal de Flaubert fueron básicos para la creación y descripción del ambiente, los escenarios, la indumentaria, etc. de Salammbô; no lo fue menos para la creación de sus personajes, sobre todo en el principal que le da nombre, y al que, como ya hemos visto al principio, él mismo califica de <mi mujercita>.

Flaubert permaneció soltero por propia convicción; el escritor, al igual que su expresión literaria, era un personaje ambivalente y sus deseos amorosos y realizaciones sexuales rara vez coincidirán. Marcado por su relación con la criolla, treintañera, Eulalie Foucaud con quien tuvo su primera experiencia sexual a los dieciocho años, no conseguirá poner de acuerdo sus platónicos enamoramiento con sus posibilidades reales; siendo sus amores platónicos los que más le satisfacían ya que la realización carnal del amor conllevaba normalmente la decepción; sin entrar a detallar sus padecimientos, provocados por enfermedades venéreas, que se iniciaron tempranamente, dado que la promiscuidad será una constante en su vida, que se acentuará peligrosamente en su viaje a Oriente, donde la sífilis hará estragos en su físico.

Durante su viaje, ardientemente deseado y realizado en el contexto del espíritu romántico, Flaubert mantuvo contacto con muchas mujeres, muchas de ellas cortesanas o prostitutas, según reseña él mismo en sus Notas de Viaje;  destacando dos encuentros importantes para la creación del personaje de Salammbô, la hija del púnico Amílcar; el primero de ellos al principio del viaje, durante su excursión por el Nilo hasta la primera catarata, en una parada en la ciudad de Esheh, con la famosa cortesana Kuschiuk Hanem, con la que pasó una noche, después de una fiesta que se prolongó durante varias horas, en la que ella ejecutó para ellos la danza de la abeja; sus anotaciones son descriptivas: <Es una real moza, pechugona, metida en carnes, con la aletas de la nariz muy abiertas, unos ojos enormes y magníficas rodilla. Al bailar se le formaban en el vientre unos provocadores pliegues de carne>”

Flaubert, manifiesta que tras una noche de amor con ella en una cama de caña: “Su cuerpo estaba sudoroso, estaba cansada por el baile, tenía frío. La tapé con mi pelliza de piel y se durmió con los dedos entrelazados a los míos. Yo no pegué un ojo, pase la noche sumergido en intensas e infinitas ensoñaciones.” Para a continuación manifestar, ingenua y melancólicamente, la dulzura y el orgullo que sentiría si pudiera estar seguro de dejar en ella un recuerdo, saber que ella iba a pensar en él más que en los demás y que su encuentro permanecería en su memoria y en su corazón.

El segundo encuentro que marcará al escritor se produce al final del viaje, ya en Italia, allí, en uno de sus paseos por Roma se cruza con una bellísima desconocida, de tez muy pálida y cejas muy negras. Las anotaciones de Flaubert reflejan sus sentimientos: “Me invadió una súbita rabia como un rayo en las entrañas. Me dieron deseos de abalanzarme sobre ella como un tigre, estaba deslumbrado. […] el blanco de sus ojos era particular. Parecía como si aquella mujer se estuviera despertando, como si viniera de otro mundo y ¡sin embargo, estaba serena, tan serena! Sus pupilas, de un negro brillante y tan límpidas que parecían en relieve, miraban con calma… Una barbilla redonda, las dos comisuras de la boca algo caídas, con un ligero bozo que las azuleaba, el conjunto del rostro redondo… ¡no la volveré a ver más!

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Troyat, en su estudio sobre el escritor, manifiesta que es esta transeúnte anónima, la que le revela su ideal femenino, aquella morena ardiente de ojos negros, con una ligera sombra sobre el labio; esa mezcla de Eulalie Foucaud y Elisa Schlésinger dos amores reales en su vida, imbricados en un espejismo, que finalmente conformará muchos de los caracteres de Salammbô.

En palabra de Zola ninguna obra de la literatura tiene un principio que pueda ser comparado con el de Salammbô, en él Flaubert relata cómo los mercenarios celebran en el jardín de Amílcar la victoria de la batalla de Grix; y cuando la aparición de la hija de Amílcar Barca llorando los peces sagrados que los mercenarios han devorado, provoca la rivalidad entre el jefe libio Mâtho y el númida Narr-Havas quienes tras quedar embriagados por la bellaza de la joven se convertirán en enemigos.

Cartago, debilitada por la guerra, teme a la soldadesca mercenaria; sus arcas están prácticamente agotadas y jardinesamilcardecoradochaperon18923apenas les quedan víveres tras la gran celebración; mediante el adelanto de parte de una pequeña parte de la soldada y ciertos engaños del sufeta Hannón conseguirán que los mercenarios salgan hacia Sicca, y una vez fuera de la ciudad cerraran sus puertas. La ciudad se siente segura mientras en el templo de la diosa Tanit se conserve el manto sagrado o zaïmph. Los mercedarios alentados por Mâtho y arengados por Spendio, esclavo griego redimido por el libio, se revelan contra Cartago e inician la lucha; Cartago se mantiene firme hasta que Mâtho alentado por el griego roba el zaïmph del templo, tras lo cual la desgracia se cierne sobre la ciudad, sólo Salammbô podrá salvarla, y tras la sugerencia del sacerdote Schahabarim y su adiestramiento, se dirigirá a la tienda de Mâtho en el campamento enemigo y conseguirá devolver el manto sagrado al templo de Tanit, cambiando el rumbo de la lucha salvando a Cartago; en esta intriga de guerras y enfrentamientos bélicos plantea Flaubert el amor inalcanzable entre Salammbô y Mâtho.

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Poco es lo que Flaubert nos permite conocer de Salammbô, pues solo menciona algunos hechos de su vida; su padre Amílcar la tuvo tras haber perdido varios hijos varones y en las culturas y religiones de la Antigüedad el nacimiento de una hembra era una especie de calamidad familiar; poco después le llegó un hijo, y ella fue consagrada a Tanit, la diosa lunar, aunque en previsión de posibles alianzas su padre no le había permitido que entrase en el colegio de las sacerdotisas, ni que conociera los secretos de la Tanit popular; y así había vivido desde muy pequeña en la soledad del palacio alejada de los placeres mundanosdesde que murió su madre, no habiendo probado el vino, ni la carne, ni tocado animal inmundo, y sin pisar nunca la casa de un muerto. Dedicada a abstinencias, ayunos y purificaciones, rodeada de riqueza y lujo, saturado su cuerpo de perfumes y su alma de oraciones, adoraba a la diosa en su figuración sideral, llegando, la diosa-luna, a ejercer sobre aquella niña virgen una gran influencia, marcando su debilidad cuando el astro menguaba o su reanimación con la llegada de la noche; llegando al punto de casi morir durante un eclipse.

La noche del robo del zaïmph, Mâtho, no puede resistirse a entrar en los aposentos de Salammbô mientras ella duerme; en ese encuentro desvela a la joven su pasión por ella, llegando a pedirle con insistencia que le siga; o que sí lo prefiere se quedará él junto a ella: “¡Ahoga mi alma en un soplo de tu aliento! ¡Que mis labios se aplasten, besando tus manos!”; cuando, finalmente, la joven va a caer en sus brazos sin comprender todavía lo que pretende, un sobresalto la hace gritar y pedir socorro; él huye protegido por el manto de Tanit. Por ello Salammbô será considerada responsable del robo del zaïmph y de las desgracias de Cartago.

Al regreso de su padre, éste será informado de los hechos, tergiversándolos y haciéndole creer que Salammbô se había entregado al mercenario; aunque su padre se resiste a creerlo, ella misma parece admitirlo con sus balbuceantes palabras. Es entonces cuando el sacerdote Schahabarim, encargado de su cuidado y educación religiosa, le hace comprender que únicamente ella puede salvar a Cartago, restituyendo el velo robado, pese al peligro que ello conlleva; debiendo ir al campamento enemigo y pedírselo a Mâtho; la joven accede sin comprender el alcance de su misión ni las consecuencias que ello puede acarrearle; pero asume su responsabilidad y venciendo sus temores se decide a cumplir la petición de su maestro.

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Pero el panteón de diosas no se limitaba a Tanit, existiendo otras como Rabbet que intentaba vengarse de aquella virginidad sustraída a sus sacrificios, atormentando a la joven con obsesiones tanto más fuertes cuanto más vagas, extendidas y avivadas por aquella fe.

Su primer encuentro con Mâtho la noche de la fiesta había producido un gran impacto en Salammbô y, si él había quedado subyugado por la hija de Amilcar, ella tampoco había podido sustraerse a la fiera belleza de aquel joven que la miraba con impudor y que desde el fondo de sus ojos parecía implorarle algo tan desconocido como desconcertante para ella.

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Los ritos y la preparación a que debe someterse para llevar a cabo su tarea forman parte de uno de los episodios eróticos más singulares de la literatura universal y de la audaz y preciosista prosa de Flaubert; quien conocedor de la cultura púnica y su tradicional culto a las serpientes aprovecha la ocasión para presentar lo que Erika Bornay califica de coito ritualista, entre la hija del general cartaginés y su serpiente pitón; escena muy efectista si unimos a esto las tradicionales connotaciones que en la cultura occidental tienen las serpientes y su relación con las mujeres desde el principio de los tiempos.

Finalmente vestida con la misma magnificencia que si se dirigiera a la ceremonia de su boda marcha al campamento enemigo para entrevistarse con Mâtho. El encuentro no deja lugar a dudas sobre los sentimiento de la joven hacia el libio, aunque su inexperiencia en estos temas no la permitan darse cuenta de la profundidad de sus sentimientos,la atracción es evidente y, además, siguiendo los consejos de Schahabarim debe mostrarse humilde y plegarse a sus deseos, pues sólo así conseguirá recuperar el manto sagrado. Entre contradictorias reacciones de sentimientos enfrentados, amor-odio, atracción-repulsión, el libio se postra a sus pies y le declara su amor al tiempo que, entre sollozos, le pide perdón por su actitud, renunciando a todo con tal de que le corresponda y acceda a dejarlo todo y partir juntos a una isla desierta cubierta de polvo de oro, de verdor y pájaros donde poder disfrutar de su amor.

Rota la escena por la proximidad de la contienda, Salammbô escapa de la tienda y regresa  a Cartago con el velo de la diosa, lo que cambiará el sentido de la guerra, determinando la derrota de los mercenarios y la victoria cartaginesa.

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La profundidad de los sentimientos de Mathô hacia Salammbô parece ser un reflejo de las ansias de amor del propio Flaubert; amores insatisfechos, e inalcanzables y profundidad de sentimientos que afloran en su prosa cuando, al decir de Zola, el poeta lírico que lleva dentro reclama sus derechos sobre el novelista.

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La obra finaliza con la muerte o inmolación de Salammbô quien no podrá resistir la visión descarnada y agonizante de su amado Mathô quien tras escapar del Desfiladero del Hacha, donde la mayoría del ejército mercenario morirá presa del hambre y la sed, corre hacia ella siendo azotado a su paso por el populacho, pero que a pesar de todo no se deja vencer por la muerte hasta que no cae en brazos de su amada. Flaubert describe a una Salammbô que mientras celebra sus esponsales con Harr-Havas, se asoma a la terraza y observa, presa del terror y cada vez más enajenada, cómo un Mâtho, al que sólo humanizan la expresión de sus ojos corre hacia ella: “una forma alargada completamente roja; sus ligaduras rotas colgaban a lo largo de sus muslos, pero no se distinguían los tendones de sus muñecas despellejadas por completo, tenía la boca abierta del todo, de sus órbitas salían dos llamas que parecían subir hasta sus cabellos; ¡y todavía caminaba el desgraciado!.”

Al igual que Madame Bovary esta nueva novela de Flaubert cosechó críticas negativas entre sus contemporáneos, especialmente las de su colega Saint-Beuve quien criticaba la violencia y atrocidad de las descripciones, su sadismo y su alejamiento de la lógica humana; acusándole además de haber creado una nueva Emma Bovary; el autor responde indicando que todo lo descrito es cierto que él no inventó los suplicios y que las descripciones de las torturas y sufrimientos humanos frente al hambre y la sed están documentados en los libros de medicina que ha consultado; aunque realmente lo que más le duele es la afirmación sobre Mme. Bovary, ante la que se defiende afirmando: “¡Ah! No!, Madame Bovary está agitada por pasiones múltiples, Salammbô, por el contrario, está constantemente poseída por una idea fija, es una monomaniaca, una especie de Santa Teresa. Esta creación viene a ser, por tanto, como el tipo de misticismo pagano, de la fatalidad, de la eternidad del amor. Es de quien la ha poseído. Salammbò no deja la adoración de Tanit, sino para quedar marcada por el primer beso que ha recibido, la hija de Hamilcar no quería ese beso; pero habrá sido el primero y el último; por él morirá”; describiendo así lo que pretendía trasmitir sobre el personaje en su obra.

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El arqueólogo alemán Guillaume Freohner puso reparos a la obra por su inadecuación a la historia y la arqueología; la defensa de Flaubert vuelve a centrarse en el trabajo previo de estudio que ha realizado, alegando que todo lo que aparece en ella está perfectamente documentado.

Pero no todo son críticas para Flaubert, George Sand publica un artículo que titula: Me gusta Salammbô, granjeándose con ello la amistad de su autor; y la obra va abriéndose camino entre el público; se sabe que la emperatriz Eugenia estuvo leyendo hasta altas horas de la noche hasta que la acabó, y que el emperador discute con sus consejeros sobre técnicas bélicas descritas en ella, versando sus conversaciones sobre balística y catapultas.

El personaje femenino irá adquiriendo popularidad y pujanza, a lo que contribuirá la esposa del músico Rimsky-Korsakov que se  presentó en una recepción en el palacio de las Tullerías envuelta en los velos transparente cuajados de oro de la hija de Amilcar que se ajustaba a sus caderas mediante un cinturón en forma de serpiente, pronto triunfará entre las señoras la moda Salammbô. La revista Le Journal Amusant hará que dialoguen en sus páginas dos hermanas: Emma Bovary y Salammbô. Se sabe que ya en 1863 Verdi trabajaba en la composición de una ópera basada en la obra; pero que no será hasta 1890 cuando Ernest Reyer estrene en el Théâtre de la Monnaie de Bruselas una ópera basada en la obra del Flaubert, con libreto de Camille du Locle.

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Para cerrar este trabajo decir que, sin duda el personaje de Salammbô participa de la estética decadente y simbolista finisecular que interpretó la imagen femenina haciendo de ella un fetiche sofisticado e inquietante para los miembros masculinos de la sociedad, sentimiento del que sin duda era partícipe Flaubert que no puede evitar dejar aflorar en su obra.

Hoy en día Salammbò es un clásico y está considerada una de las obras cumbres de la literatura francesa y universal; ya que su autor consiguió dotar a su prosa, mediante su depurado estilo poético, de una altura lingüística que nos permite considerarla más un poema épico que una novela; Flaubert logró unir sus dos naturalezas consiguiendo trasmitir junto a toda su fascinación por el Oriente y la Antigüedad sus más recónditas e inalcanzables aspiraciones.

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