Cuotidiania Encantada. Ser Personaje de María Goñi. Por : Macías Berenguer.

maria-goni-21María Goñi Ochotorena, pintora pamplonesa, ha logrado con su cotidianidad pictórica arrancar el encanto a unas instantáneas que reproducen el trajín de la calle, el café en un bar, una conversación cualquiera, un gesto, un rostro vulnerable, dormido ante una cálida y protectora mirada, la del espectador. Con las tonalidades y la luz, sus nítidas fronteras, los diferentes planos, las definiciones vagas, la autora nos invita a apreciar nuestro entorno más cercano. 

 

 

 

 

 

 

 

María luce la modestia de tener una visión especial en cada uno de sus cuadros, en escenas así de comunes, que parecen ser tomadas a partir del ojo de una cerradura, de la cabeza de un alfiler, cuando cada uno de nuestros movimientos cabe en un lienzo. Sin duda alguna, consigue procesar la realidad y ofrecérnosla como pan recién hecho, humeante.

( Macías Berenguer )

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuotidiania Encantada.  Ser Personaje de María Goñi. Por : Macías Berenguer.

 

“Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar” ( Julio Cortazar ).

 

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El humo del cigarro elevándose en un finísimo hilo, ingrávido, serpenteando en el aire, hasta llegar a un punto en donde se empieza a apelotonar, se convierte en masa juguetona, casi por el techo, se propaga. La luz proyectada a través de las rendijas de las persianas invade la habitación y ensarta al humo y se lo lleva en una línea recta, sesgada, perfecta. Doy otra calada y esparzo una bocanada más encarando la ventana, cuando todo parece tan liviano. Alguna canción de John Coltrane debe de estar sonando de fondo, yo soy el que escribe, el que elige banda sonora y la música jazz no es concebible sin tabaco. Si es usted fumador pasivo, recomendamos lea este artículo bajo su sola responsabilidad, (cof, cof). 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Era un día gris. Nubes grises, lluvia gris, edificios, gente, semáforos, vallas publicitarias, policía municipal…todos tan grises como la ceniza. Prefiero el humo a la ceniza porque el primero danza y te hace soñar; la segunda, sin embargo, es el residuo, la tristeza, lo que quedó después de. Bajo la marquesina gris ceniza esperaba un autobús que se retrasaba, mi reloj se asomaba insistente por debajo de la manga. Una mujer que hasta entonces había pasado desapercibida en aquel mar ceniciento en donde nos hallábamos, salió corriendo provocando el milagro. Abriéndose paso entre la sobria multitud de la hora punta, dejó un trazo multicolor hasta llegar a su objetivo, una amiga he de suponer. Se fundieron en un abrazo de todas las gamas, bien que las personas las evitaban en su trasiego mecánico, como el agua de un río que evita en su flujo una roca ingente. Aunque aquel abrazo fuera una explosión cromática en un cuarto insonorizado, apagado, me percaté de todo y me contagió. Me creció un arco iris espléndido que paseé durante todo el día por esta ciudad gris ceniza, con los pies empapados y una estúpida sonrisa. Cuando observo la obra pictórica de María me es imposible no tener reminiscencias de aquel encuentro tan cotidiano, tan fabuloso desde su vulgaridad, aquel encuentro que presencié un día lánguido de invierno en el que lloraban las farolas.

 

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María Goñi Ochotorena, pintora pamplonesa, ha logrado con su cotidianidad pictórica arrancar el encanto a unas instantáneas que reproducen el trajín de la calle, el café en un bar, una conversación cualquiera, un gesto, un rostro vulnerable, dormido ante una cálida y protectora mirada, la del espectador. Con las tonalidades y la luz, sus nítidas fronteras, los diferentes planos, las definiciones vagas, la autora nos invita a apreciar nuestro entorno más cercano.  María luce la modestia de tener una visión especial en cada uno de sus cuadros, en escenas así de comunes, que parecen ser tomadas a partir del ojo de una cerradura, de la cabeza de un alfiler, cuando cada uno de nuestros movimientos cabe en un lienzo. Sin duda alguna, consigue procesar la realidad y ofrecérnosla como pan recién hecho, humeante.

Quiero decir: “somos los espectadores los que damos vida a las figuras sobre el lienzo con nuestras interpretaciones”. Quiero decirlo pero cae en saco roto cuando siento ser observado por el propio retrato. ¿Qué estarán pensando esas personas que, entrando en una habitación o desde un espejo, me miran de reojo? Dicen que lo que piense la gente de mí no es de mi incumbencia, claro, pero esto es una aberración, se supone que soy yo el que debe contemplar a esos sujetos de óleo y pintura acrílica, soy yo el que debe hacer cualquier apreciación sobre ellos, el que los juzgará si cabe. No obstante, ahí están justificando mi propia existencia, si no fuera por los retratos que me observan, yo, espectador de pacotilla, no estaría aquí. Lo cierto es que al final, de una manera u otra, estamos vinculados con la obra, siendo objetos de ella o sus terribles jueces.

 

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En un cuento de Julio Cortázar llamado “Axolotl”, el autor comienza a visitar un acuario para observar a una especie de batracios que habita en él y que da nombre al relato. El interés por estos extraños animales pronto se torna obsesión. Cortázar nos cuenta en primera persona cómo, por una extraña conexión, se convirtió en axolotl. Lo sorprendente de la narración es la destreza con que el protagonista pasa de un estadio a otro, de ser humano a animal sin que el lector lo perciba. En ese lapso difuso, él deja de ser él y pasar a ser un observador desde dentro de la pecera. Es la idea de la permutación maravillosa entre sujeto y objeto, la imantación entre ambos, el embudo invisible que los arrastra a un punto neutral y que fugazmente, traspasan. El pincel de María, ella misma con su visión, procuran éste fenómeno bien porque nos sentimos examinados por sus propios personajes, bien porque nos hallamos sumergidos, enredados en aquél acto cotidiano. En sus cuadros, las personas sueñan, sueñan con niños hechizados por dragones de teselas que habitan en el parque Güell. Y los sueños son tenues, como el humo que exhala mi cigarro cuando un señor con gafas me admira expuesto en cualquier galería. Otro mirón ingenuo menea el bigote y me escudriña con aprobación ignorando lo que yo opine de él. Desde esta privilegiada altura a ras de pared, me aprieta el marco, me apetece ver mundo, el cenicero está lleno y el disco ha acabado. Han cerrado el chiringuito, por favor, sáquenme de aquí.